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viernes, 13 de mayo de 2016

FLAGELOS Y CILICIOS

     María de la Luz nunca supo lo divertido que podía llegar a ser que alguien le contase un cuento del revés porque ella y su familia se marcharon a vivir a Madrid un curso antes de que Alfonso llegase al pueblo. Aunque, ahora que lo pienso, antes de irse para siempre volvieron para pasar un par de años más allí; y puede que entonces, Alfonso, recitase su cuento solo para ella.
     Alfonso y Luis llegaron del seminario en el mismo tren, y la directora del instituto, que había ido en su propio coche a recibirles a la estación, no les dio tregua ni siquiera para que tomasen un refresco antes de comenzar a impartir sus clases aquel caluroso miércoles de mayo. Nunca entendí aquellas prisas, pues a aquellas alturas y tras los ocho meses de curso que habíamos pasado sin profesor de religión nuestras almas ya estarían asilvestradas y sin remedio.
     Luis era sobrio y serio, tenía una horrible berruga en el lóbulo izquierdo de la nariz y su abuso de la disciplina le hacía sudar como un cerdito con tal de ir abotonado hasta el cuello. Alfonso, sin embargo, que era más desenfadado, se presentó en un tris tras una vez que hubo lanzado la chaqueta sobre el respaldo de una silla y soltado su alzacuellos con idéntica soltura con que lo hubiese hecho un show-man con su pajarita; estaba preparado para contarnos su primer cuento del revés. Y así ocurrió que, tras haber terminado su particular narración de “ la ta-ci-ru-pe-ca ja-ro” (o lo que venía a ser lo mismo “la ca-pe-ru-ci-ta ro-ja” pero boca abajo), Alfonso logró ganarse la simpatía de todos, haciendo eclipsar a Luis bajo su sombra por los siglos de los siglos, amén.
     Así de fácil era yo por aquellos tiempos; tanto, que me quise morir cuando al día siguiente, junto a la mitad del resto de los alumnos, me emplazaron al aula de Luis condenándome de esa manera a estar separada de Alfonso (en fin, debo confesar que la gravedad del asunto no fue para tanto, pues para el veintiuno de junio, ya en el ocaso del curso, recobré de golpe mis antiguas ganas de vivir tras haber reparado en el hecho de que el haberme perdido dos veces por semana algo tan exótico como era escuchar historias de princesas, pequeños cerditos, bellas durmientes y gatos con botas, pero todas ellas patas arriba, me había brindado la oportunidad de conocer más a fondo al bueno de Luis, que poco después de terminar las clases decidió marcharse a Kalaupapa para convivir con un grupo de leprosos y, exactamente un año más tarde, no pudo negarse a sobrevolar los siete mil kilómetros de océano que le separaban de Nueva Zelanda para hacer un poco más llevadera la vida de un puñado de niños maoríes enfermos de sida.
     Cuando María de la Luz acabó la universidad, se volvió para el pueblo cargada con su familia y con las maletas justas para vivir allí otro par de años antes de mudarse definitivamente a la ciudad. Y por ese tiempo, como la muchacha (que siempre había sido toda bondad y recato) se había acostumbrado a pulular por todos esos lugares de penetrante olor a cera e incienso por los que también solía moverse Alfonso, ocurrió que el encontronazo casi se hizo inevitable. Su alma, pura e inocente, enseguida quedó obnubilada con el religioso, al que (ya para entonces acostumbrado al éxito que su don de habilidoso y estrafalario cuenta-cuentos le había dado) parecía no molestarle en absoluto que aquella joven bebiese los vientos por él. Y así fue que, durante los setecientos treinta días que María de la Luz y los suyos tardaron en volver a marcharse del pueblo, fue más que habitual empezar a verles juntos antes, durante y después de todas las misas, procesiones y demás actos litúrgicos.
     ¿Qué más puedo contaros? Que a las buenas lenguas, entre las que incluyo la mía, no nos quedó otra que disculpar el pequeño desliz de la chica y acusar de oportunista al vanidoso sacerdote; y a las malas, inventar unas historias que tal vez no existieron, pero que lo cierto es que durante un tiempo dieron vida a un pueblo tan polvoriento y aburrido como el mío. El caso es que tanto Alfonso como María de la Luz y compañía desaparecieron de allí al unísono (cada uno por su lado, eso sí, que existen pruebas de ello). Y aunque, ciertamente, ésto último me de un poco igual, debo decir que en el fondo me gustaría que Luis siguiese siendo feliz (aunque sea flagelándose por no poder hacer más de lo que hace por sus pequeños maoríes con sida) y que Alfonso, esté donde esté, tras cada una de sus enriquecedoras y extravagantes narraciones de cuentos del revés, coloque fuerte su cilicio y apriete bien las correas antes de irse a dormir.


miércoles, 27 de abril de 2016

¡¡¡Bu!!!...Soy Alicia

¡¡¡BU!!!...SOY ALICIA

      ¡Bu!
     No fue aquel grito a mi espalda lo que más me asustó. El escalofrío llegó después, cuando me di la vuelta y vi a Alicia tan cerca después de tantos años.
     Alicia es una joven de mi pueblo a la que siempre recuerdo ir vestida de Marilyn. Bueno, de Marilyn Monroe por fuera, ya que su interior (ya sabéis, su alma y esas cosas) me acostumbré a imaginarlo más bien con ese estilo, de gótico incorregible, tan propio de Marilyn Manson. Esa dualidad suya la descubrí de repente, cuando Alicia aún era bien niña, la mañana de aquel día en que un grupo de los de octavo curso dábamos un paso atrás, asustados, al descubrir una tarántula en el patio del colegio. Mientras, y para asombro mío, ella había seguido caminando hacia el parterre hasta que sus preciosos zapatitos rosas estuvieron hundidos entre los rododendros y las enredaderas trepadoras; y así, muy próxima al peligro, se había puesto a hurgar con cara de impaciencia y sin parar entre las telas de araña de la algodonosa madriguera hasta que sus dedos diminutos de muñeca de porcelana dieron con el monstruo de patas peludas.
     Era una joven amable, comedida, considerada, simpática, instruida, y tenía un saber estar que yo siempre había envidiado; lo mismo se la veía atravesar puertas de iglesias con actitud pía, que entradas de discotecas o de conciertos chasqueando los dedos al ritmo de la música. Pero, me daban un poco de repelús su coquetería, sus vestidos de niña mona, sus labios siempre embadurnados de pintalabios rosa y la multitud de horquillas decoradas que anclaba en su pelo, sabiendo de antemano algunas cosas sobre ella tales como que su mascota fuese una serpiente, o que su número de móvil terminase con un, tan enigmático como poco casual, 666 o que soliese escribir letras de canciones de quince versos con quince sílabas cada uno tan solo porque el arcano del número quince en el tarot correspondía al diablo. Aun así y a pesar de mi minúscula aversión hacia ella por aquellos tiempos, confieso que en el fondo Alicia me fascinaba, pero solo desde lejos.
     Cuando se marchó a la universidad le perdí el rastro, nunca mejor dicho, porque fue subiéndose a aquel tren la última vez que la vi. Allí estaba, tan primorosa como siempre, esperando en el andén junto a una maleta irisada de Aghata Ruiz de la Prada sobre la que descansaba una caja también de diseño. Me contó que se iba a Madrid para estudiar la carrera de medicina, además de otras cuantas cosas más que, después, jamás fui capaz de recordar, porque para entonces ya hacía rato que había dejado de escucharla y mi creatividad se había disparado hasta las nubes imaginando la cantidad de cosas siniestras que podría contener la dichosa caja que reposaba sobre su maleta.
     Por fortuna, el de hace unos días fue un encontronazo breve. Alicia llevaba prisa. No sé que excusa habría tenido que inventarme si me hubiese propuesto la idea de tomar un café o algo así, porque tan solo barajar la idea de estar con ella más de diez minutos seguidos me daba una grima terrible. Y no es por nada, por lo que pude ver sigue siendo la misma chica adorable y considerada que fue siempre; pero, en fin, supongo que mi desazón tenía algo que ver con aquel tiempo pasado en que me empeñé, de manera absurda, en compararla con una de esas manzanas de cuento, de un rojo brillante muy deseable por fuera pero con cientos de gusanos mordisqueando sus semillas.
     Me contó que había tenido un bebé y que estaba muy ilusionada porque solo hacía dos meses que había vuelto a retomar su trabajo como médico forense en el Severo Ochoa. Y volvió a ocurrir, al igual que aquel día que nos despedimos junto a las vías del tren, que dejé de escuchar el resto de su breve historia para volver a imaginarla solo de aquella forma en que mi mente era capaz de hacerlo. Así que, sin remedio, entre los nubarrones imaginarios que tan vertiginosamente se extendieron por mi cabeza volví a proyectar su imagen como siempre lo había hecho: feliz y exultante, con una exagerada sonrisa en su cara de chalada y con las manos pálidas de dedos etéreos y largos blandiendo una sierra oxidada; rodeada por el montón de cadáveres que esperaban sumisos el momento de la autopsia.
     Al despedirnos, me tropecé en su mirada con una sombra tan oscura que contrastó con el rosa chicle del color de sus pendientes cuando me dijo con un poco de retintín (o así lo creí yo) “llámame, recuerdas mi número ¿verdad?”. Así que, esa misma noche, metida en la cama esperé con paciencia a que llegase la pesadilla, porque al recordar los tres últimos dígitos de su móvil sabía que iban a instalarse en mi cabeza durante mucho tiempo.
 

jueves, 21 de abril de 2016

CUATRO DE AGUA, POR UNA DE ARROZ

    Tengo ganas de echarme a la cara a quien en su día dijo, dándoselas de experto culinario, que a la paella hay que añadirle el doble de agua que de arroz.
     Puedo aseguraros que no cocino mal. Es más, y aunque esté feo decirlo, cocino bastante bien (y si no es así, todas las personas a las que invito a comer a casa tienen el mismo extraño vicio de pegarse lametones en los dedos después de terminar sus platos).
     Bueno, la cosa es que este fin de semana he querido poner en práctica eso de que “a la gente se la gana por el estómago”, con alguien que me parece muy interesante (alguien que jamás habla de dinero, ni de trabajo, ni de los males de los demás...ah, y que se ha jurado a sí mismo no veranear nunca en Benidorm; interesante ¿verdad?). Ya se sabe que en los tiempos que corren no es fácil hacer amigos (y cuando digo hacer amigos, es hacer amigos, y no “quedar-con-ellos-porque-eso-es-mejor-que-estar-solos”), así es que quise ganarme su afecto por la vía rápida, cocinando una buena paella casera, sin pensar en lo arriesgada que podría llegar a ser aquella empresa.
     Eramos tres comensales; o sea, nada complicado. Pero, aún así y como odio los imprevistos, maduré hasta el más ínfimo preparativo de forma milimétrica: primero, un barbadillo para abrir boca y relajar tensiones; para comer, a elegir entre un chardonnay 2.010 y un verdejo fresco y jovial con aromas florales, notas de frutas verdes y un toque cítrico (ideal, por cierto, para paella de marisco); rosado y tinto reposando en la despensa, y en el frigorífico cerveza tostada, rubia y negra (por si el invitado, al que conozco poco, resulta no entender de finuras y le apetece beber otra cosa); paellera eléctrica que es la bomba, aconsejada y prestada por mi hermana, con un fondo de titanio revestido de acero que hace que se cocine a la misma temperatura desde el guisante que se haya quedado más al fondo hasta el bigote de gamba más superficial; y en la encimera de la cocina un ejército de cebollas, tomates, pimientos, calamares, almejas, cigalas, gambas, sepias y rape, que terminarían de redondear el día.
      Todo iba bien mientras me puse a acuchillar verduras, a verter chorros de sabroso aceite de Jaén y a rehogar con mimo todos aquellos deliciosos animales marinos en la cazuela futurista. Pero, no sé en que momento (creo recordar que antes de añadir el azafrán y después de dar mi último toque de ajo y perejil majado que tan bien resulta siempre), decidí poner en práctica un par de trucos que había visto hacer en alguno de esos cientos de programas de cocina con que nos torpedean últimamente los medios. En fin, podéis tomar nota si queréis: un buen lingotazo de vino blanco y una pizca de hierbabuena en polvo; eso, precisamente, es lo que debéis poner a la paella antes del azafrán y después del majado de ajo si queréis arruinarla (por cierto, si lo probáis y no estáis conformes, ni se os ocurra añadir un toque de tomillo para compensar...y el curry, ni tocarlo...aunque, si el tema se os va de las manos como se me fue a mí, siempre podéis decir lo que yo dije: “no, no, no es paella, es un guiso tailandés que aprendí a cocinar en el programa de “Valencianos por el mundo”). ¡Ah! me olvidaba, si algún familiar os presta una de esas infalibles y maravillosas cazuelas con culo de titanio, una de dos: o le echáis cuatro partes de agua por una de arroz o buscáis la mejor manera de decirle que se meta en sus asuntos.
     
     Si sospecháis que después de comer nadie se rechupó los dedos y los platos no quedaron relucientes, estáis en lo cierto. Pero, los que sí triunfaron fueron los vinos blancos, los rosados y las cervezas multicolores. Por eso yo creo que sí, que aquel tipo interesante volverá. Y es que al final lo pasamos en grande y todo acabó como siempre que tengo invitados, haciendo un trío con la wii; aunque lo hicimos offline para no liarnos mucho (para los que tengáis culturilla musical sabréis que estoy hablando del juego Rock Band 2 de la wii; y para los otros, los que pensáis más en verde, podéis imaginar lo que queráis).



jueves, 4 de febrero de 2016

EL COBRADOR DEL FRAC

     Aún no le he perdido el miedo a la oscuridad, pero creo que lo tengo controlado. Todo es cuestión de meterse bajo el edredón de un salto (es importante, por si estuviera bajo la cama, no darle tiempo a que te enganche de los pies), cubrirse con él hasta los mismísimos ojos y sacar el brazo a la velocidad del rayo para apagar la luz. Si eres capaz de aguantar así unos minutos, la respiración contenida se va soltando, los músculos contraídos se relajan poco a poco, y cuando al fin te das cuenta de que ese día tampoco va a venir, le das las buenas noches a tu fantasma y te dejas vencer por el sueño.
     Asun, me dijo que Enrique era un hombre de palabra, que aunque ya hiciese más de un mes que le diera aquel papel con mi dirección garabateada, él la interpretaría. En realidad, aquello no me corría ninguna prisa, si acaso, sentía curiosidad por saber si aquel hombre seria capaz de describirme tal y como yo era, con cada una de mis rarezas, examinando tan sólo la forma de mis letras. El amigo de Asun, Enrique, era grafólogo emocional, algo en lo que yo jamás me habría atrevido a creer; pero mi amiga insistió tanto que ahí me tenías, esperando el diagnóstico de boca de un señor con el que no me había cruzado en toda mi vida, sobre mis emociones y mi capacidad para repartir afecto.
     Aquel lunes, apenas cortar la comunicación con Asun (ésta se hallaba al otro lado del teléfono, a ciento veinte kilómetros, sacando un café de las entrañas de una de esas frías máquinas que, en los tanatorios, parece que estén ahí sólo para recordarte a cada instante que habrás de pasar una noche en vela) aún era fácil distinguirme de los baldosines blancos de la cocina. Quiso la mala fortuna (según me contó), el día antes, con su perversa puntería, colocar un fornido árbol entre la vida de Enrique y el destino al que le llevaba su elegante bmw. Pero fue entonces, al cabo de unos minutos, cuando mi palidez hizo difícil que se me pudiese distinguir del blanco aséptico de la pared, porque no pude evitar imaginar el espectro de aquel hombre saliendo por la ventanilla rota del coche y largándose al cielo (o al infierno, vete tú a saber) con aquel papel cuidadosamente doblado y manuscrito por mí, nada más y nada menos que con mi dirección estampada.
     Así que, es desde aquel día que sigo con mi (sí, ya sé, ya sé) absurdo ritual para perderle el miedo a la oscuridad; pero, sólo porque sé que él vendrá. “Es un hombre de palabra, jamás deja una deuda sin saldar”, eso decía mi amiga Asun de él. Y, como es una pena que las deudas no prescriban como lo hacen los delitos, me estoy planteando hacer espiritismo para buscar el ánima de algún cobrador del frac que haya muerto hace poco, para que vaya a pedirle a Enrique lo que me debe. A ver si ésto pasa pronto...que estoy deseando volver a meterme en la cama como lo hace el resto de los humanos.
 

viernes, 18 de diciembre de 2015


LAMENTOS DE TEQUILA



     Últimamente ando con los sentimientos un poco estresados. Estoy casi convencida de que toda la culpa es del whatsapp. A veces creo que un mensaje es vital y corro a contestar a un escandaloso “llámame, es urgente” que luego se queda en nada; o por el contrario, un simple “yujuuu, ¿estás ahí?”, puede parecerme de lo más trivial y no serlo en absoluto. Con lo cual, ya no sé qué sentir cada vez que escucho el dichoso silbidito.
     Los últimos mensajes de voz que hace tiempo recibí en mi antiguo móvil eran de Goizargi, una amiga vasca, muy vasca, que tan sólo a mí me dejaba nombrarla en castellano porque sabía que me encantaba ver amanecer; así que, cuando venía al pueblo, me pasaba todo el día que si Aurora por aquí, que si Aurora por allá, mientras ella aguantaba el tirón. Bueno, pues era jueves, marqué el 177 y allí estaba la voz de Aurora llenando de lloriqueos los cuatro minutos de tiempo que vodafón le daba para decirme que se venía a pasar el fin de semana conmigo porque tenía que contarme algo importante, y que se quería morir. Tuve que contenerme; pensé que era un poco pronto para hurgar en la yaga, así que le contesté por escrito un discreto: “vale, llámame en cuanto llegues”; y, acto seguido, salí disparada hacia el súper para comprar una botella de tequila y unos limones.
     Llegó el sábado por la tarde, y nada más bajarse del coche y anudarme y desanudarme en un fuerte abrazo, me dijo: “He cortado con Manu”. Y yo, sin perder tiempo, le propuse: “Aurori, tengo la solución, pero sólo tenemos un día; así que, ven”. Tiré de su mano y volamos por los pasillos hasta la cocina. Allí, la empujé a sentarse en un taburete, y con la destreza de una de las camareras del bar coyote, en veinte segundos había colocado sobre la mesa dos vasos de chupito, un salero, unas rodajas de limón y una botella de tequila “José Cuervo especial” con aromas de toronja, nueces y avellanas que siempre compraba para los casos extremos. Luego, me senté frente a ella y, con tono trascendental, le dije: “amiga, hay que saber sobrevivir a una ruptura con dignidad y elegancia”. Y así fue como empezamos con su cura de mal de amores.
     Eran las cuatro de la tarde, con lo cual el primer chupito nos hizo poner cara de asco, pero la chispa ácida del limón en nuestras lenguas saladas nos motivó para ir a por un segundo trago. Como era de esperar, éste, aunque apenas estábamos empezando, nos colocó en la fase de “sollozos de niña pequeña, atormentada por haberse quedado desprotegida y sola”. Tras el tercero, yo empecé a soltarme, y metí baza, confesando que aquel tipo nunca me había gustado para ella; por cierto, que aquel comentario embadurnado en alcohol fue mano de santo porque mi compañera de exorcismo sufrió una notable metamorfosis que la hizo pasar a la siguiente fase, la de “transformar los lamentos de una mujer abatida, en suspiros, cada vez más espaciados, de otra mucho más despreocupada”.
      ¿Qué más puedo contaros?: pues, que tras el cuarto chupito nuestras lenguas confusas, más bien a base de trabalenguas, se empeñaron en despellejar al ausente Manu; y que, tras el quinto, mientras yo buscaba mis gafas por el suelo y ella intentaba mandar un sms en el que decir alguna lindeza a su ex, ya habíamos perdido la cuenta.
     Al día siguiente, en el despertar resacoso, nuestros primeros movimientos fueron lentos y atolondrados bajo el edredón; nuestros buenos días, balbuceados con una voz de cazallera más propia de Chavela Vargas que de nosotras; los recuerdos, mal situados; las lágrimas de risa, oliendo aún a tequila; y, por mi parte, una grata satisfacción, mezclada con un gran dolor de cabeza, vió dibujarse en la cara de Aurora el principio del camino de vuelta hacia sí misma.
     Y dos horas después, Goizargi, Aurora, subía a su coche camino de San Sebastián con una triste manzanilla como despedida porque no fuimos capaces de meter nada sólido en nuestros estómagos. 
  

jueves, 10 de diciembre de 2015


RELLENANDO HUECOS



     El médico salió volando de la consulta cargado con un maletín, la bata abierta planeando tras de él, y aquella mujer y yo nos quedamos solas en la sala de espera. Estoy segura de que si ella comenzó a hablar unos minutos después no fue porque yo estuviese a su lado, sino porque en silencio le hubiese sido más difícil asumir que en aquellos momentos había alguien en el mundo que necesitaba a aquel médico más que ella. Lo supuse porque no movió ni un sólo músculo cuando, más por cortesía que por otra cosa, le conté que yo estaba allí en busca de un colirio para terminar con mi conjuntivitis; bueno, por eso y porque seguidamente se puso a hablar de sus cosas sin tan siquiera mirarme.
     Hacía unos meses que aquella mujer había estrenado su insomnio, casi al mismo tiempo que su viudedad. Había estado muy enamorada de su marido justamente hasta que a las arterias de éste les dio por obstruirse demasiado a menudo, y a él por repetirle constantemente que moriría antes que ella y por hacerle prometer que volvería a rehacer su vida cuando aquello ocurriese. Ella, de tanto escucharle decir aquello, gradualmente, fue trasmutando su amor en querer. Y una más que inoportuna inercia hizo que el mismo día antes del infarto, aquella promesa que ambos habían acordado, quedase ratificada.
     El mismo día del entierro, a ella le costó dejar que su hijo se sentase a la mesa en el sitio que siempre había ocupado el muerto, pero, aún así, le dejó hacerlo por no llamar la atención; eso sí, cuando sirvió los guisantes que acompañaban la carne, al chico le puso un cacillo más que a los demás, por consideración con el difunto. Durante las semanas siguientes, la mujer se cuidaba mucho de ocupar con nada ni con nadie los huecos que él acostumbraba a llenar cuando estaba vivo: su sillón de orejas para ver jugar al atlético de Madrid, el metro cuadrado del baño en donde se afeitaba, el trocito de escalera donde ella sabía que él se escondía para fumar. Todo parecía ir bien así, pero, al tercer mes, aquella consideración para con el finado comenzó a desgastarse: a veces, sin darse cuenta colocaba una toalla en el baño en lugar de dos, o se sentaba a desayunar en el taburete en que él se había sentado durante años.
     Pronto llegaron las clases de baile de salón, y con ellas un tal Manolo. Con él empezó a practicar coreografías: la del mecánico foxtrot, el sobrio vals y la vulgar bachata; pero, como no lo hacían nada mal, empezaron a probar suerte con piezas algo más complicadas. Curiosamente, al mismo tiempo que descubrieron el tango, tan sensual y con esos elegantes roces de piernas y aquella lujuriosa puesta en escena de los amores perros que solían contar, aparecieron también los fenómenos paranormales en el dormitorio de la mujer.
     Contó que se metía en la cama, y al instante notaba cómo las sábanas volvían a abrirse; cómo en el otro lado del colchón, un peso hacía que ella rodase hasta el centro en auténticas citas fantasmales; que percibía respiraciones que alborotaban el cabello de su nuca; o que notaba algún que otro roce de pies que al cabo de la noche dejaban helados los suyos.
     Con cara de cansancio, me aseguró que no le costó nada dejar sus clases de baile con Manolo; al fin y al cabo, lo de rehacer su vida había sido cosa de su marido y no de ella. Total, no parecía haber ningún hueco que rellenar en su vida, ni mucho menos en su cama. “Ahora, solamente quiero dormir”, dijo.
     Aún seguía con su perorata cuando volvió el médico. La dejé pasar delante de mí. Le mentí diciendo que yo podía esperar porque apenas me molestaba ya el lagrimeo de mis ojos y la inflamación de los párpados; y es que, de repente, caí en la cuenta de que aquella mujer, tras su historia de amor fantasmal, se había ganado una más que merecida siesta.



miércoles, 18 de noviembre de 2015



REBELIÓN EN EL CAJÓN DE LAS VERDURAS



Mira que recuerdo pocas cosas del colegio; si acaso la tabla periódica o la de multiplicar del nueve, que me aprendí de un tirón solo porque estaba enamoriscada del profesor que nos enseñaba ciencias y matemáticas (con el tiempo, pude comprobar que no era repetir una y otra vez como un papagayo aquellas tablas, sino otras cosas, que hoy no vienen a cuento, las que realmente podían llegar a impresionar a don Jesús).

Sin embargo, de aquel día en clase en que alguien bajó las persianas dejándonos a oscuras para encender un proyector y enseñarnos un montón de imágenes que tenían que ver con el terrible y conocido episodio de la niebla letal de Londres del año 52, me acuerdo como si hubiese sido ayer.

Aquella mañana quedé marcada por la truculenta historia que nos narraron mientras veía montones de diapositivas de un Londres que parecía haber sido tragado por unas brumas que misteriosamente aparecieron durante aquella aciaga semana de diciembre en la que murieron doce mil vivos y enfermaron cien mil sanos. Nos contaron que todo ocurrió por la fatídica combinación del frío extremo de aquellos días con unos altos niveles de polución y con las enormes cantidades de carbón de baja calidad que la población humilde quemó aquellos días para poder combatir unas gélidas temperaturas antes nunca conocidas.
Aunque se esmeraron en decirnos que aquello tenía una explicación científica, yo no la creí. Mi joven cabeza, acostumbrada ya por aquel entonces a centrifugar más que de la cuenta, decidió para sus adentros que aquel cóctel explosivo había sido un castigo de la naturaleza, un toque de atención para que supiésemos con quién nos las tendríamos que jugar en el futuro si la seguíamos maltratando.

Cuando volvieron a subir las persianas vi de modo tan diferente el mundo que había tras los cristales, que llegué a pensar que era él el que nos observaba a nosotros y no al contrario. Por eso, de vuelta a casa, cuando tuve que atravesar el parque fui agarrada a mi mochila y mirando de reojo cada una de las hojas de los árboles que caía a mis pies al ser arrancada por el viento. Dí un largo rodeo, incluso, para poder acceder al portal de mi casa sin tener que pasar al lado de las docenas de macetas que hay a la puerta de mis vecinos.

En fin, con el paso de los años terminé por comprender que no era yo quien debía temer a las flores silvestres, ni a los abejorros que revoloteaban entre ellas, ni tan siquiera a la imponente higuera que siempre había presidido el patio de la casa de mi madre, con todas aquellas raíces que se escapaban entre las grietas de las baldosas como si fuesen las garras de un monstruo vegetal, si no que éramos yo y otros miles de millones como yo, los que con nuestras sequías, nuestro efecto invernadero, nuestro calentamiento global, nuestro cambio climático y sobre todo con nuestra forma de pasar olímpicamente de todos esos temas, estábamos amenazando y aterrorizando a todo bicho viviente.

Y entonces, entendí que el planeta nos hubiese castigado con aquel nefasto terremoto de Haiti. No me quedó otra cosa que tolerar el irascible tsunami de Japón. Consentí, a duras penas, impactantes imágenes saliendo de mi televisor, como las de Omayra muriendo lentamente durante tres días sumergida en el fango tras la erupción del Nevado del Ruiz. Pero, lo peor de todo es que, a regañadientes, en el futuro estoy condenada a tener que entender cada una de las reprimendas que la madre naturaleza nos tenga guardadas, porque, sin duda, nos lo hemos ganando a pulso nosotros mismos, los humanos.


Y ahora, si me lo permitís, tengo que hacer un breve paréntesis para echarle un vistazo al cajón de las verduras e intentar charlar un ratito con los calabacines, con el repollo, con los pimientos y con el medio tomate que queda en un rincón; más que nada, para crear buen ambiente, a ver si logro atrasar la llegada de la gran hecatombe que, sin duda y más tarde o más temprano, puede que llegue a nuestras vidas si no cambiamos de actitud.  


viernes, 9 de octubre de 2015


VIERNES, 9; O...¿TAL VEZ, 13?

     En cinco calendarios diferentes, he tenido que mirar hoy, para cerciorarme de que es día 9 y no 13; porque un cúmulo de situaciones, poco comunes, han hecho sacar mi ramalazo supersticioso. Después de mirar el quinto, he terminado por decidir que todos estaban equivocados. En realidad, hoy es viernes 13.
     La primera señal ha llegado esta mañana. Nada más subirme al bus del trabajo, el conductor vestido hoy, no sé por qué de negro riguroso, estaba muy lánguido y demasiado serio para sus costumbres cuando me ha saludado con un: "buenas noches". Normalmente, nos damos los buenos días, pero, esta mañana, lo cierto es que seguía reinando la oscuridad cuando nos ha dejado bajar en la factoría. No le he dado demasiada importancia, me he limitado a mirar al cielo; la explicación podía venir dada de la mano de algún fenómeno lunar, solar, interestelar... o del infinito y más allá.
     Un rato después, tras descubrir que alguien había borrado de mi ordenador todas las carpetas de música, excepto la de los grupos de estilo gótico; no me ha quedado otra que pasar la jornada entera escuchando, repetidos una y otra vez, las docenas de temas de “Evanescence”, “Nightwish” y “Within Temptation” (gritos guturales, entremezclados con voces líricas dejándose guiar por melodías del siglo de la polka, y haciéndome imaginar castillos en ruinas en los que mujeres muy, muy blancas, con vestidos muy, muy rojos y melenas muy, muy negras esperan desesperadas el mordisco de un vampiro muy, muy atractivo que les proporcionará el amor eterno). Me estaba encantando ese rollo, pero, después de seis horas escuchándoles, me parecía ver muertos incluso en el cuarto de baño.
     Y es en el baño precisamente donde, Joaquina, la encargada de la limpieza, me ha ofrecido una silla y me ha dicho que me sentase, porque me veía súper pálida. Cariñosamente, como hacía mi madre cuando era niña, me ha tocado la frente y me ha enchufado una botella de agua en la boca antes de salir volando para buscar a alguien que me acompañase a la enfermería. Me he acojonado un poco, la verdad, porque aunque me encontraba perfectamente, es cierto que mi reflejo era blanco como la leche.
     Por fin, el último mensaje subliminal que he recibido (porque a esas alturas ya no me cabía duda de que todo lo que me estaba pasando eran señales del “Más Allá”), ha ocurrido media hora antes de salir de trabajar; cuando Paco, un compañero que también escribe, se me ha acercado con aire muy misterioso para decirme al oído que iba a pasarme un borrador suyo, que está pensando publicar, porque quiere mi consejo. La idea de que hubiese pensado en mi como su consejera, en un principio me ha vuelto loca; pero, sólo hasta que me ha hablado del tema de su "hiper-mega-novela" de 324 páginas: zombis. No sé por qué le he dicho que sí, pero se lo he dicho, y él, ilusionado, se ha despedido sonriente y ha estampado un beso en cada una de mis mejillas de pasmada; eso sí, después de decirme: "estás muy pálida...te encuentras bien...nos vemos luego".
     Total, que en cuanto he llegado a casa, lo primero que he hecho ha sido mirarme en el espejo por ver si aún tenía reflejo, y buscar en mi cuello las posibles marcas de unos colmillos afilados; más que nada, por empezar cuanto antes a comprarme ropa muy, muy roja, y pedir hora en la peluquería para teñirme el pelo muy, muy negro.
     Sin nada más que añadir, me despido: hasta mañana, Sábado...¿14?.

martes, 22 de septiembre de 2015


LOS AIRES DIFÍCILES



     “Ocurrió un día de viento” me contó Bienvenida, la hermana de Pepi y de Mary, llevándose una mano a la boca para reprimir la risa; y mientras, con la otra se agarraba a la verja del cementerio y bajaba la voz para contarme la anécdota, porque, según dijo “el pueblo es tan pequeño, que aquí se escucha todo”.


     Bendito el día en que fui a aquel pequeño pueblo de la Alcarria, de tan sólo setenta habitantes. “El panadero viene los sábados, el de los congelados cada quince días, y el médico pasa consulta los martes” me dijo un viejo de unos cien años que llevaba esperando dos horas a la furgoneta que les acercaba el pan, para ser el primero en comprarlo. Por la tarde, le vi sentado a la puerta de una casa, y me dijo que estaba desgastando el madero en el que llevaba sentándose cada día casi desde que nació y que no pensaba morirse antes de que sus posaderas lo hubiesen pulido hasta hacerlo desaparecer.

     En ese pueblo se palpa el buen rollo. Al llegar a la plaza, un desconocido me oyó decir que no me quería ir sin ver el río, y se ofreció a guiarme. Impensable, que ésto mismo hubiese ocurrido en mi ciudad sin pedirme nada a cambio. Bueno, miento; me llevó por el camino más largo y que serpentea por el interior del pueblo, y a cambio creo que sacó que los otros sesenta y nueve vecinos le viesen paseando orgulloso con “la chica de fuera”.

     Pasé un bonito día comiendo paella en casa de Pepi. Daniel, su marido, tiene una cabra enana con la que juega y a la que saca a pasear cada día como si fuese un perro. Nadie les mira raro. En realidad, allí, lo raro sería que alguien les mirase raro. Hay un ambiente tranquilo en el que la gente vive y deja vivir; aunque en el baúl de sus recuerdos, como en todas partes, también duerma alguna historia oscura. Como aquella que me contó Bienvenida, después de ayudarme a recoger moras de un arbusto, sujetándose a la verja del cementerio mientras reprimía la risa y bajaba la voz “Hacía viento...mucho viento. Luis dejó dicho que no le enterrasen aquí, en el cementerio, porque estaba lleno de gente que hizo mucho mal después de la guerra. Bueno...y después de después de la guerra también. Luis dejó dicho que le incinerasen y tirasen sus cenizas muy cerca, en un prado; pero sobre todo, que lo hiciesen fuera del cementerio...” (y en este momento del relato fue cuando a Bienve le atacaba más la risa) “...y cuando estaban vertiendo las cenizas, un traicionero golpe de viento las hizo revolotear hasta dentro del camposanto” Después de un corto silencio, estallamos en risas, con los bigotes manchados del jugo de las moras que habíamos recogido y comido, y como niñas malas, nos sentimos un poco culpables porque, al fin y al cabo, nos estábamos riendo de un muerto condenado a vagar durante toda la eternidad entre las tumbas de sus enemigos.


     Aquel día, volví a casa cargada con la generosidad de aquellas gentes, o sea, con tres calabacines del tamaño de un zepelín, con tomates de un rojo tan oscuro que jamás había visto, con melocotones tan grandes que podrían haber atascado una presa y con el cariño de todas aquellas personas que apenas me conocían. Pero, sobre todo, con la lección aprendida de que en un ambiente sano, te puedes reír hasta de la muerte.

jueves, 17 de septiembre de 2015


JUEGOS PELIGROSOS



     Os juro que no sé qué ha podido ocurrir entre mis veintisiete y mis cuarenta y siete. El caso es que hoy mismo me he puesto a analizarlo, y como si se tratase de uno de esos juegos de buscar las diez diferencias, las he encontrado; ya lo creo, y de un solo vistazo, además.
     La primera que he percibido, ha sido al recordar que hace unos días, cuando estaba a punto de acabárseme el domingo, susurré con alivio un largo “yupiiii” al ver cómo mi fin de semana no había sido despedazado, como de costumbre, por los cientos de mini planes que el descarado de mi móvil hace por mí en los grupos de wassap. A los veintitantos, un fin de semana sin planes o un teléfono en silencio me habría hundido, sin embargo, en la más profunda de las miserias.
     Y, con estos pensamientos, ha sido como he empezado y, más tarde, me he dejado llevar por el dichoso juego. La segunda, y las demás diferencias, han venido rodadas. Ahora veréis.
     Antes, cuando había fiesta, caían tres botellas de whisky por una de cola; ahora, en mi carro de la compra una de vodka baila sola entre tres de naranja y muchas bolsas de panchitos y risketos. Además, te dejabas las neuronas en calcular que no faltasen vasos de plástico para nadie; ahora, compro un mantel y servilletas de papel decorados a juego, y copas, de plástico, eso si, pero unas muy chulas que he visto en una tienda de decoración... Y el que se encargaba de la bebida, pillaba el tetrabrick más barato (a menos dinero, más calimocho); ahora, paso media hora en la sección de vinos y termino cogiendo un tinto de entre ocho o diez euros para quedar bien, y un verdejo que es el que conoce todo el mundo.
     Hacer deporte, recuerdo que era algo inmoral, pecaminoso, censurable; ahora, me pongo de mala uva el día que no me tiro al suelo aunque sólo sea para hacer los cuatro abdominales, tiranos, que me tienen esclavizada. ¡Ay! dónde se habrán quedado los cereales que solo comía si eran de chocolate; ahora, sin embargo, si no son integrales, ni los pruebo.
     Dejé de fumar un tiempo, sólo pensando en reunir el dinero justo para irme una semana a Gandía (bendita ruta del bacalao); ahora, también me quito de esto y de lo otro, pero para cambiar la secadora que empieza a hacer ruidos raros, o la batidora, o la tostadora...
     Y, para ir acabando, comparo la facilidad con que conciliaba el sueño por encima de aquel calcetín que siempre quedaba extraviado bajo mi cama, con el estrés que ahora me crea el sentarme en el sofá sabiendo que en el fregadero hay platos sucios; el eterno castigo del lunar de mi barbilla que siempre maquillaba para esconderlo, con la soltura con que ahora lo luzco junto a mis arrugas que son parte de mi encanto; y el buscar la compañía de gente con la que pillarme la mejor de las cogorzas, con el estar con las personas con las que más a gusto me siento.

     Como veis, diferencias hay a patadas, con lo cual podría seguir; pero, voy a dejar este juego peligroso, y a dedicarme a otra cosa; por ejemplo, a jugar al ajedrez en contra mía, porque creo que es mejor cavilar y engañarme a mi misma para intentar desterrar con un jaque mate al rey de mi segundo yo, que obsesionarme haciendo cábalas sobre en qué limbo habrán quedado pululando los diecinueve años que mediaban entre mis veintisiete y mis cuarenta y siete primaveras.

jueves, 10 de septiembre de 2015


SEPTIEMBRE VERSUS SEPTIEMBRE

   
      Pues sí, al fin he logrado desempolvar mi cerebro de los últimos granos de arena de playa que lo bloqueaban. Ahora, sólo me queda engrasarlo, regándolo con un buen chorro de aceite de oliva en las ensaladas que he tenido olvidadas durante todo el verano, y que hoy mismo vuelven en nuestra puntual cita de cada final de vacaciones. Así que, calculo que, en dos o tres días, los engranajes de mi intelecto quedarán lubricados y listos para volver a mezclar letras con sentido, igual que antes, para que no os aburran demasiado.
      Hoy, tengo poco más que contaros. Si acaso, que septiembre me vuelve loca con su doble cara: una que es mala, malísima; y otra (si la sabes ver) que es buena, buenísima.
      Os preguntaréis que tiene de bueno volver a la rutina ¿no?; o sea, cambiar el mar o la montaña por el triste metro cuadrado de plato de ducha; reducir en un 70% la ingesta de cerveza en terrazas de moda; rescatar del doble fondo del armario, tocándola sólo con dos dedos porque aún hace sol y da un poco repelús, la tonelada de ropa del otoño pasado (total, para no volver a usarla porque, algo en nuestro interior...bueno, y en nuestro exterior también...nos dice que no cabremos en ella); esconder el bronceado que tanto sudor nos ha costado conseguir, bajo las rebecas que hay que empezar a usar ya mismo; volver a sobresaltarnos a las seis de la mañana con la melodía que teníamos olvidada del despertador; mirar de reojo a la bicicleta elíptica a la que llevamos ignorando durante 31 días, y con la que vamos a hacer las paces, si, pero justo hasta antes de que comiencen las navidades.
      De verdad, no es tan difícil; concentraos un poco y veréis, como yo lo veo, todo lo que tiene de bueno el mes de septiembre.
      Todos conmigo: inspirar...espirar...inspirar...espirar... poco a poco, sentiréis que vuestro colesterol vuelve a la normalidad ...inspirar...espirar... vuestras cinturas vuelven a recuperar la medida que tenían antes del desmelene ...inspirar...espirar... vuelve la noción del tiempo que habíamos perdido tras semanas de desayunar a la hora de merendar y cenar a la de desayunar ...inspirar...espirar... volvemos a tutearnos con los compañeros “buenos” del curro, y a intentar putear a los “malos” al igual que ellos a nosotros ...inspirar...espirar... a charlar con la cajera, que es muy simpática, del turno de tarde del mercadona ...inspirar...espirar... se desestresarán nuestros monederos, después de la larga temporada entrando y saliendo del bolso unas trescientas veces al día para pagar botellas de agua a tres euros, menús del día a veinte, gorrillas que te aparcan el coche a dos... y etc, etc, etc...
      ¿Qué? ¿Vais notando ya el recóndito atractivo que tiene el mes de septiembre? Seguro que sí. Feliz futuro otoño a tod@s.



miércoles, 26 de agosto de 2015


LA PLAGA DE “LAS BARRIGUITAS”



     Qué engañados nos tenían los que escribieron el antiguo testamento. Bueno, concretamente, los autores del Pentateuco. Aunque, después de todo, creo que sólo voy a echarle la culpa al que se encargó de escribir el Éxodo (pido perdón; pero, con esa costumbre que tenían los antiguos de escribir un libro entre quince o veinte, me confunden un poco) En fin; éste último, fue quien nos vendió el cuento de que fueron diez las plagas que cayeron sobre los egipcios, pero yo sigo diciendo que fueron once. Por cierto, pobres, los egipcios, que pasaron años enteros sufriendo los incordios de ranas caídas del cielo, mosquitos, langostas y demás historias “toca-huevos”; y total, por la terquedad de no dejar pasar la aduana a los esclavos israelitas para que adorasen a su dios. Que digo yo, menudo dios poco espabilado ¿acaso no pensó que si los suyos estaban en Egipto también las iban a sufrir? En fin...que me voy del tema.



     Pues sí, en los vestuarios de mi curro hay una plaga de embarazadas. Ya sé que estaréis pensando: ¿y a ti qué más te da?. Y el caso es que reconozco que debe ser mucho más molesto que te caigan batracios en la cabeza que compartir vestuarios con seis compañeras que lo único que tienen es la barriga un poco más hinchada que la mía; además, en un momento dado, van desapareciendo, una por una, con su parte de baja bajo el brazo como si se las tragara la tierra. Pero, cuando os dé dos o tres datos más, os aseguro que os harán pensar.

     ¿Cómo os quedáis si os digo que de veinte que somos, se van quedando preñadas de izquierda a derecha?. Algo normal, ¿a que sí?. ¿Y si continúo diciendo que las embarazadas se alternan; o sea, la de una taquilla sí, la de la siguiente no...y así, hasta seis barrigas?. Además de normal, gracioso, ¿verdad?. Bueno, pues hay algo más: entre panza y panza, viene habiendo una diferencia temporal de cuatro meses. ¡Demasiado casual como para pensar que no hay nada raro detrás!.

     Por mí no hay problema, porque no creo en esas chorradas. Pero, lo cierto, es que mañana mismo voy a pedir un cambio de taquilla, porque entre Rebeca (la última embarazada) y yo, solamente queda Eva; y si la divina providencia viene siendo tan “graciosilla” como hasta el momento, en un mes exactamente, la que aquí escribe y suscribe corre el gran peligro de quedarse encinta. Y lo peor de todo no es eso, sino que tendré que releer la Sagrada Biblia para corregir los errores de las plagas; eso sí, con sumo cuidado para no derramar el frasco de tipex sobre ningún versículo que sea decisivo para la humanidad.