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miércoles, 4 de noviembre de 2015


EL BLUES DEL AUTOBÚS


     Media hora al día durante doscientas seis jornadas son ciento tres horas. Esos seis mil ciento ochenta minutos son los que paso en un año compartiendo el autobús del curro con las mismas personas. Demasiados minutos recorriendo el mismo camino; el mismo paisaje tintando nuestras ventanillas; las mismas cabezadas de los unos, cercanas a las de los otros. Demasiado tiempo como para desperdiciarlo sin tratar de imaginar sus vidas.
      Cada día, con la precisión de relojes suizos, cada uno de nosotros se sienta en el mismo asiento del día anterior provocando con ello un eterno “déjà vu”; podría decirse que el tiempo se para, cuando subo al vehículo, de no ser porque veo cómo la barba del conductor, que debe de afeitarse tan solo los sábados, va creciendo gradualmente de lunes a viernes. No me cabe duda de que es un hombre metódico, delicado; lo sé por su forma de acariciar los pasos de cebra cuando vamos llegando a uno, por la manera en que abraza las curvas cerradas que ya se conoce. Y me gusta imaginarle en su casa, organizado, detallista, quizá romántico.
      Javier va delante; extremadamente aseado, vestido de marca, demasiado perfumado. Es controlador; clava los ojos en la carretera como si fuera conduciendo él, y hace amagos de frenar, apretando los dientes, cuando llegamos a un semáforo cerrado. Que desconfíe de esa manera de un señor que lleva treinta y tantos años pegado a un volante no dice mucho en su favor; y me acuerdo de Lucía, su mujer, y no me gustaría ser ella, porque me da por pensar que quizá Álvaro no la deje ser dueña ni del nombre de sus niños, ni del color de sus cortinas, ni de la raza de su perro, ni de nada porque probablemente sea él quien se ocupe de elegirlo todo.
      Detrás, se coloca un chaval musculoso, lleno de tatuajes, con la cabeza absolutamente rapada. Siempre lleva chándal, y va de manga corta hasta en invierno, sin duda para no esconder sus brazos entintados con esos símbolos que le hacen parecer un tipo duro. ¡Qué ingenuo!, yo no me trago su disfraz de chico malo; probablemente sea el oso más grande de todos, pero de peluche. Todos los días, cuando nos ponemos en marcha, le susurra muy bajito a su móvil para que nadie le escuche: “ya estoy en el autobús; luego te veo...yo también te quiero”
      Dos asientos por detrás de él, y uno por delante de mí, viaja un chico enamorado de su libro. Siempre trae el mismo, uno escrito en alemán. No sigue un orden de lectura, sino que cada día lo abre de manera aleatoria por cualquier página, relee un poco, acaricia sus hojas al pasarlas, y más tarde, ya cerrado, lo abraza sobre su pecho. Y observando al chico lector me quedo hasta nuestro destino, porque es el personaje que más me cuesta entender y porque me gustaría dedicarle más tiempo y poder imaginar la preciosa historia de amor que tenga que ver con su talismán de papel.
      Pero el vehículo frena inevitable y suavemente para invitarnos a salir con el ruido de fuelle de sus puertas. Vamos bajando, y a punto de pisar el suelo me despido del conductor y le lanzo una última ojeada; sólo intento guardar en la memoria el espesor del vello de su mentón para poder compararla con la del día siguiente y así saber que realmente transcurre el tiempo en ese autobús. 
     En la calle, la vida sigue a la velocidad de vértigo de cualquier otro día de trabajo. 


martes, 22 de septiembre de 2015


LOS AIRES DIFÍCILES



     “Ocurrió un día de viento” me contó Bienvenida, la hermana de Pepi y de Mary, llevándose una mano a la boca para reprimir la risa; y mientras, con la otra se agarraba a la verja del cementerio y bajaba la voz para contarme la anécdota, porque, según dijo “el pueblo es tan pequeño, que aquí se escucha todo”.


     Bendito el día en que fui a aquel pequeño pueblo de la Alcarria, de tan sólo setenta habitantes. “El panadero viene los sábados, el de los congelados cada quince días, y el médico pasa consulta los martes” me dijo un viejo de unos cien años que llevaba esperando dos horas a la furgoneta que les acercaba el pan, para ser el primero en comprarlo. Por la tarde, le vi sentado a la puerta de una casa, y me dijo que estaba desgastando el madero en el que llevaba sentándose cada día casi desde que nació y que no pensaba morirse antes de que sus posaderas lo hubiesen pulido hasta hacerlo desaparecer.

     En ese pueblo se palpa el buen rollo. Al llegar a la plaza, un desconocido me oyó decir que no me quería ir sin ver el río, y se ofreció a guiarme. Impensable, que ésto mismo hubiese ocurrido en mi ciudad sin pedirme nada a cambio. Bueno, miento; me llevó por el camino más largo y que serpentea por el interior del pueblo, y a cambio creo que sacó que los otros sesenta y nueve vecinos le viesen paseando orgulloso con “la chica de fuera”.

     Pasé un bonito día comiendo paella en casa de Pepi. Daniel, su marido, tiene una cabra enana con la que juega y a la que saca a pasear cada día como si fuese un perro. Nadie les mira raro. En realidad, allí, lo raro sería que alguien les mirase raro. Hay un ambiente tranquilo en el que la gente vive y deja vivir; aunque en el baúl de sus recuerdos, como en todas partes, también duerma alguna historia oscura. Como aquella que me contó Bienvenida, después de ayudarme a recoger moras de un arbusto, sujetándose a la verja del cementerio mientras reprimía la risa y bajaba la voz “Hacía viento...mucho viento. Luis dejó dicho que no le enterrasen aquí, en el cementerio, porque estaba lleno de gente que hizo mucho mal después de la guerra. Bueno...y después de después de la guerra también. Luis dejó dicho que le incinerasen y tirasen sus cenizas muy cerca, en un prado; pero sobre todo, que lo hiciesen fuera del cementerio...” (y en este momento del relato fue cuando a Bienve le atacaba más la risa) “...y cuando estaban vertiendo las cenizas, un traicionero golpe de viento las hizo revolotear hasta dentro del camposanto” Después de un corto silencio, estallamos en risas, con los bigotes manchados del jugo de las moras que habíamos recogido y comido, y como niñas malas, nos sentimos un poco culpables porque, al fin y al cabo, nos estábamos riendo de un muerto condenado a vagar durante toda la eternidad entre las tumbas de sus enemigos.


     Aquel día, volví a casa cargada con la generosidad de aquellas gentes, o sea, con tres calabacines del tamaño de un zepelín, con tomates de un rojo tan oscuro que jamás había visto, con melocotones tan grandes que podrían haber atascado una presa y con el cariño de todas aquellas personas que apenas me conocían. Pero, sobre todo, con la lección aprendida de que en un ambiente sano, te puedes reír hasta de la muerte.