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miércoles, 18 de noviembre de 2015



REBELIÓN EN EL CAJÓN DE LAS VERDURAS



Mira que recuerdo pocas cosas del colegio; si acaso la tabla periódica o la de multiplicar del nueve, que me aprendí de un tirón solo porque estaba enamoriscada del profesor que nos enseñaba ciencias y matemáticas (con el tiempo, pude comprobar que no era repetir una y otra vez como un papagayo aquellas tablas, sino otras cosas, que hoy no vienen a cuento, las que realmente podían llegar a impresionar a don Jesús).

Sin embargo, de aquel día en clase en que alguien bajó las persianas dejándonos a oscuras para encender un proyector y enseñarnos un montón de imágenes que tenían que ver con el terrible y conocido episodio de la niebla letal de Londres del año 52, me acuerdo como si hubiese sido ayer.

Aquella mañana quedé marcada por la truculenta historia que nos narraron mientras veía montones de diapositivas de un Londres que parecía haber sido tragado por unas brumas que misteriosamente aparecieron durante aquella aciaga semana de diciembre en la que murieron doce mil vivos y enfermaron cien mil sanos. Nos contaron que todo ocurrió por la fatídica combinación del frío extremo de aquellos días con unos altos niveles de polución y con las enormes cantidades de carbón de baja calidad que la población humilde quemó aquellos días para poder combatir unas gélidas temperaturas antes nunca conocidas.
Aunque se esmeraron en decirnos que aquello tenía una explicación científica, yo no la creí. Mi joven cabeza, acostumbrada ya por aquel entonces a centrifugar más que de la cuenta, decidió para sus adentros que aquel cóctel explosivo había sido un castigo de la naturaleza, un toque de atención para que supiésemos con quién nos las tendríamos que jugar en el futuro si la seguíamos maltratando.

Cuando volvieron a subir las persianas vi de modo tan diferente el mundo que había tras los cristales, que llegué a pensar que era él el que nos observaba a nosotros y no al contrario. Por eso, de vuelta a casa, cuando tuve que atravesar el parque fui agarrada a mi mochila y mirando de reojo cada una de las hojas de los árboles que caía a mis pies al ser arrancada por el viento. Dí un largo rodeo, incluso, para poder acceder al portal de mi casa sin tener que pasar al lado de las docenas de macetas que hay a la puerta de mis vecinos.

En fin, con el paso de los años terminé por comprender que no era yo quien debía temer a las flores silvestres, ni a los abejorros que revoloteaban entre ellas, ni tan siquiera a la imponente higuera que siempre había presidido el patio de la casa de mi madre, con todas aquellas raíces que se escapaban entre las grietas de las baldosas como si fuesen las garras de un monstruo vegetal, si no que éramos yo y otros miles de millones como yo, los que con nuestras sequías, nuestro efecto invernadero, nuestro calentamiento global, nuestro cambio climático y sobre todo con nuestra forma de pasar olímpicamente de todos esos temas, estábamos amenazando y aterrorizando a todo bicho viviente.

Y entonces, entendí que el planeta nos hubiese castigado con aquel nefasto terremoto de Haiti. No me quedó otra cosa que tolerar el irascible tsunami de Japón. Consentí, a duras penas, impactantes imágenes saliendo de mi televisor, como las de Omayra muriendo lentamente durante tres días sumergida en el fango tras la erupción del Nevado del Ruiz. Pero, lo peor de todo es que, a regañadientes, en el futuro estoy condenada a tener que entender cada una de las reprimendas que la madre naturaleza nos tenga guardadas, porque, sin duda, nos lo hemos ganando a pulso nosotros mismos, los humanos.


Y ahora, si me lo permitís, tengo que hacer un breve paréntesis para echarle un vistazo al cajón de las verduras e intentar charlar un ratito con los calabacines, con el repollo, con los pimientos y con el medio tomate que queda en un rincón; más que nada, para crear buen ambiente, a ver si logro atrasar la llegada de la gran hecatombe que, sin duda y más tarde o más temprano, puede que llegue a nuestras vidas si no cambiamos de actitud.