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lunes, 11 de abril de 2016

BORRIQUITO COMO TÚ...

     Quién le iba a decir a Lola que algún día sería responsable de una historia tan bonita. Lola es una burra gris de la que media Barcelona anduvo enamorada; su pelo de algodón y su aspecto de buenaza encandiló a muchos en las últimas fiestas de la Merced.
     Aquella ONG paseó con Lola por toda la ciudad pidiendo la colaboración ciudadana en forma de libros de segunda mano con que llenar sus alforjas. Al principio, la gente no entendía muy bien la presencia del animal. Pero, más tarde, cuando sus cuidadores narraban la historia del valioso papel que desempeñan estos animales en los pueblos de más difícil acceso de países como Colombia, Nicaragua y Honduras, todos se encariñaban y querían acariciar las orejas a Lola (que un poco cansada, eso sí, por no estar acostumbrada a la gran ciudad, se dejaba hacer) prometiendo volver más tarde de casa con algún libro usado para donarlo.
     Cada día, varios burros, sus lomos cargados con montones de libros, atraviesan parajes inhóspitos para llegar a las aldeas más recónditas de un mapa duramente castigado por su geografía. Armados tan solo con su fuerza y su tenacidad, logran ascender por caminos pedregosos y escarpados hasta el cielo o descender por vertiginosos y zigzagueantes senderos embarrados hasta el infierno; y todo el esfuerzo de estos “biblioburros”, simplemente a cambio de acercar un poco de cultura, o simplemente bellas historias de papel, adonde no se podría llegar con ningún otro vehículo (y es que a nadie se le debería privar de un mínimo de alimento para el alma, por mucho que le haya tocado vivir en los confines del mundo). Y ya veis, son los burros como Lola, que siempre han llevado el sambenito de ser torpes o necios, los que ahora resulta que van repartiendo cultura y saber por aquellos parajes.

     No hace mucho, Floren, que es sabio y que me ha recordado esta historia, me dijo que si algún día le tocase la lotería su gran sueño sería tener un burro gris. Yo le rebatí, comentando que no necesitaba un gran premio para adquirir uno de esos animales, ya que seguramente tampoco sería tan caro. Pero él, como siempre, tenía a mano la mejor de las respuestas: “se hace querer tanto un burro, que desearía estar junto a él las veinticuatro horas de cada día, con lo que tendría que dejar mi trabajo...y de algo tendríamos que vivir, digo yo”.
     
     Y en menudo lío me he metido; ahora yo también quiero tener un amigo así, con mucho pelo gris, mullidito y suave, noble y cariñoso, fuerte y terco...
     ...Eso sí, imprescindible que tenga grandes orejas de burro.




viernes, 26 de febrero de 2016

DE MUDANZAS

      Pensé que por ser viernes, hoy nadie tocaría mi corazoncito; que todo el mundo andaría ya poniendo los ojos en el horizonte en busca de la nebulosa espesa que parecen ser los fines de semana con la que poder camuflar las preocupaciones hasta el próximo lunes. Qué ilusa soy; como si el afecto pudiese entender de calendarios y de días de la semana.
      La culpa ha sido solo mía por mirar hacia atrás cuando he escuchado sus pasos. Pero, es que al darme la vuelta y verla allí, caminando tan despacio, mirando al suelo y con todos sus rizos desmoronándose bajo la lluvia...(y yo con aquel enorme paraguas sobre mi cabeza). Sabía que si me miraba a los ojos estaría perdida (nunca he sabido decir que no a unos ojos tristes); pero allí he seguido, empezando a convertirme en estatua de sal mientras miraba hacia atrás hasta que mi compañera ha levantado la vista y yo me he dejado perder por el desconsuelo de sus ojos. Así que, a pesar de saber que era viernes y lo que aquello iba a significar, no he podido hacer otra cosa que ofrecerle el lado izquierdo de mi paraguas.
     Lo complicado, como acabo de decir, de haber decidido escuchar sus amarguras en viernes es que su nostalgia, aunque solo haya sido en una ínfima parte, se ha venido conmigo dentro de los bolsillos de mi cazadora, pegada a la suela de mis zapatos e impregnada en el uniforme que he traído para lavar, y no voy a poder desprenderme de ella hasta que volvamos a vernos y descubra que todo le va bien de nuevo. Y es en estos casos que, cuando llego a casa, parece que me haya mudado a ese número siete del que hablaba Sabina, el de la calle melancolía, que es el mejor de los sitios, creo, para quedarse un tiempo cuando has dejado que te toquen el corazón.
      Sé que puede parecer absurdo que mientras mis amigos van a pasar el fin de semana haciendo senderismo en La Pedriza, mis enemigos comiendo cochinillo en Segovia o mi familia sobrevolando en tirolina las aguas del río Tajo, yo (vaya a estar en donde vaya a estar o vaya a ir a donde vaya a ir) haya elegido quedarme en esta calle tan poco interesante; pero así ha sido, lo he hecho; y dicen por ahí que lo hecho, hecho está, con lo cual...
      Eso sí, en cuanto empiece a despuntar el lunes deberé estar pendiente de no perder el tranvía, que estoy deseando volver ya mismo al barrio de la alegría.


viernes, 12 de febrero de 2016



¿ADÓNDE VAN LAS COSAS QUE NO ESCRIBO?

          Este último, ha sido un domingo resacoso. Uno de esos en los que una está como del revés; y confunde el sueño con el hambre y se levanta por inercia porque en su cabeza no paran de danzar la tostada y el café que sabe que le esperan en la cocina; y se precipita y sale de debajo de las sábanas antes de que estén lo suficientemente arrugadas y de que la tibia funda nórdica se haya ido escurriendo hasta terminar en el suelo. Pero entonces ya es tarde, porque su domingo ha pasado a ser uno de esos en los que una está como del revés. Más tarde, con el desayuno delante, de repente repara en que no tiene apetito y que hubiera sido mejor seguir ronroneando dentro de la cama; pero, ya que está levantada se obliga a recoger todos los cachivaches que dejó tirados la noche antes por toda la casa sin dar ni una en el clavo, porque nada amanece en su sitio al día siguiente de un sábado de copas. Lo hace sin ganas pero deprisa, porque piensa que lo mejor será pasar la tarde viendo una buena película. Pero, durante el minuto ciento dos de esa cinta japonesa tan premiada que había reservado con tanto celo para poder verla sin perderse ni uno solo de sus detalles, se sorprende a si misma pensando en sus propios asuntos y sospechando que ha debido perderse algo grande, muy grande, porque desde el otro lado de la pantalla una niña de ojos rasgados llora desgarradoramente, y eso, sin duda, significa que irremediablemente ha debido perderse las cosas de verdad emocionantes que el celuloide trataba de contarle.
Como decía, así he consumido mi último domingo, comiendo cuando tenía sueño, durmiendo cuando tenía hambre y perdiéndome películas fenomenales mientras pensaba en mis cosas y me hacía preguntas extrañas. La primera mitad del día la pasé elucubrando sobre qué podría estar pasándome para no haber escrito nada de nada en los últimos días, abandonando, de repente, algo que tanto me gusta hacer; y la segunda, la gasté preguntándome a dónde irán a parar todas las cosas que no se escriben.
          Enseguida di con la solución a mi primera duda: solo tenía que desfragmentar, para que así siguieran siendo diminutas, las cuatro o cinco cosas tristes que me habían ocurrido últimamente y que yo misma me había empeñado en ir amontonando hasta formar una gran bola. Sin embargo, para poder dar respuesta a la segunda de mis dudas tuve que preguntarme, justamente, lo contrario de aquello a lo que no sabía responderme. Así que me pregunté: ¿adónde van a parar las cosas que escribo? Y me respondí: van a parar a alguien que me quiere y que corre a acomodarse en el sofá para poder leerme a gusto en cuanto sabe que presiono el “intro”; a gente que vive lejos, en el norte, y que si dispone de un rato libre es un lujo para mí que elija gastarlo en saber cómo pienso; a mi antigua vecina que, reencontrada por las redes, me ha confesado haber hecho un hueco entre los apretados bits de su ordenador para guardar hasta el último de mis escritos; a alguien que además de tener buen oído para la música, tiene un sexto sentido para saber escuchar a las personas por dentro, y que se ha propuesto conocerme en pequeñas dosis siguiendo el ritmo de mis escritos; a una amiga, que prefiere verter sus lágrimas leyéndome cada mañana en el metro, camino del trabajo, en lugar de ir mirando vídeos virales, tan de moda, tan divertidos, tan absurdos; a una compañera, de oficinas, que me encanta que me lea clandestinamente y que ahora tendrá que perdonarme por haber desvelado su secreto; a Lupita, que a pesar de mi miedo a volar hace que mis cosas, cada día, viajen hasta un país del sur de América; a Andrés, un desconocido con el que siempre he sido desconfiada y grosera no contestando ni a uno siquiera de sus mensajes a pesar de decirme que, aun así, seguiría leyéndome. Puede ser, incluso, que las cosas que escribo lleguen a más personas, no lo sé; lo importante, es que al fin he comprendido que las otras, las que no he escrito durante estos últimos días, no van a llegarle absolutamente a nadie, y eso sí que es una auténtica putada.
En fin, tal vez en estos momentos estéis suponiendo, muy acertadamente, que al rayar las cero horas con cero minutos de aquel último domingo, fue cuando decidí que, no sé si uno de cada dos, dos de cada tres, tres de cada cuatro o cuatro de cada cinco días voy a seguir escribiendo todas esas cosas que sí que escribo. Y los fines de semana, tal vez vea buen cine japonés.


martes, 26 de enero de 2016

EL HOMBRE QUE NO TIENE OMBLIGO
     

     Menos mal que, antes de terminar la jornada, he hablado con el hombre que no tiene ombligo; si no, hubiese sido otro de esos días difíciles.
     
     Ni siquiera sé por qué les he propuesto ese estúpido juego, pero lo he hecho. He aprovechado el único minuto de la tarde en que mis compañeros guardan silencio; ese que para ellos parece transcendental, en el que, expectantes, deseosos de saber, desnudan el bocadillo de su envoltorio de plata y husmean bajo la tapa del pan para descubrir de qué está relleno. Pues bien, durante ese mudo minuto, he lanzado al aire la palabra “muro” y les he pedido que dijesen lo primero que se les pasase por la cabeza. Y después, he escuchado atentamente sus respuestas.
     
     Una compañera, que está empeñando su vida para construírse la casa de sus sueños, se ha puesto a dibujar en una servilleta el sitio exacto en donde irá el muro de carga; otro, ha hablado de la playa de Muro, en Mallorca, a la que está obligado a ir todos los veranos por que tiene que “cargar” con su suegra a la que le gusta ir allí; otra, cuyo padre se casó hace años con una marroquí mucho más joven que él, ha hablado del muro de sus lamentaciones desde que ocurrió el “horrible” matrimonio; uno más, deportista y vanidoso, ha dicho que él siempre compra sus zapatillas de la marca muro.exe, que es carísima pero que le queda perfecta; y una última, que ha cortado toda relación con su hermano y con sus padres, amenaza con levantar un muro entre ella y el resto del mundo porque nadie la entiende.
     
     Escuchar el mensaje de vuelta al trabajo, veinticinco minutos después, ha sido un alivio. Creo que hoy no era el mejor día para experimentar, porque esperaba un cambio radical en mis compañeros tras los veinte días de vacaciones de invierno, y quizá me ha desencantado comprobar que todo sigue igual, que cada uno va a lo suyo.
     
     Pero, ha sido al final del día, cuando ya salía del trabajo con mi pequeño conato de desilusión, que me he tropezado con el único compañero que casi nunca merienda en grupo, y creo que un poco por inercia, y otro poco porque sé que él es diferente, le he preguntado: “oye, si yo te digo la palabra “muro”, así, sin más ¿en qué piensas?”, y con su voz grave me ha dicho “pues, que me hace saltar las lágrimas”; y, después, ha continuado andando. Pero, al ver mi mirada de interés aunque un poco azorada porque se nos estaban acabando las baldosas que quedaban entre la nave y los vestuarios, ha hecho un alto en el camino, ha encendido un cigarro y me ha contado lo mucho que lloró cuando su ex mujer, tras una de sus discusiones, tiró a la basura un pedazo del muro de Berlín, estampado con un fragmento del beso entre Brieznev y Honecker, que él mismo había arrancado con sus dedos en uno de sus viajes. Y después, hemos proseguido el camino paseando, muy despacio, para poder seguir conversando de las casi doscientas personas que murieron al ser disparadas mientras intentaban cruzar aquel muro; y de Conrad Schumann, el policia de fronteras que, harto de matar inocentes que sólo deseaban dejar de vivir en el lado equivocado, huyó saltando su alambre de espino; y de Rostropóvich, el violonchelista que no paró de tocar a sus pies mientras lo demolían; y del tema “Another Brick in the wall” de Pink Floid, que se convirtió en el himno de la caída del muro.
     
     Y entonces sí, se nos han acabado las baldosas y nos hemos tenido que despedir hasta mañana. Después, en el autobús de vuelta a casa, me ha dado por pensar que éste es el único compañero que no tiene ombligo, porque no se lo mira constantemente y porque le duelen las cosas que a los demás le duelen. Es como una de esas flores raras y hermosas que suelen crecer entre las malas hierbas. 


martes, 19 de enero de 2016


CON LA TINTA DE UN CALAMAR

     El día en que me di cuenta de que, por más empeño que pusiese, jamás lograría escribir algo tan bello como lo que Montse escribió aquel día, empecé a morirme de la pena.
     A la mejor amiga de Montse se le estaba acabando la vida. ¿Qué puede desear una persona que se está muriendo?. Luisa (así se llamaba la amiga de Montse), a pesar de llevar semanas sin apenas comer, aquel día no dejaba de pensar en un buen plato de calamares en su tinta. Así se lo dijo Luisa, nada más recibir su llamada matutina, a su alma gemela (que se había ido a pasar unos días a Portugal precisamente para intentar olvidar que la persona a la que más apreciaba en esta vida acababa de adentrarse en la fase terminal de su enfermedad; había llegado a ese punto en el que uno, seguramente, ya no siente deseos de nada, pensaba Montse).
     Montse, tras escucharle decir a Luisa lo de los calamares, tuvo la santa paciencia de seguir conversando con ella con idéntica tranquilidad a la de cada día. Le preguntó por su marido “dile que no se olvide de regar el ficus”; por sus dos niños “que no te líen y que hagan sus deberes”; por su perro labrador “qué bien que haya aprendido, por fin, a darte la patita” e incluso por los peces cometa que desde hacía unos meses deambulaban por la pequeña pecera que, a la muchacha interna que habían contratado para cuidarla, le dejaron llevarse consigo para que no extrañase su casa. Pero, fue después, nada más colgar el auricular, que a Montse comenzó a apremiarle una prisa terrible. “Miguel, vete preparando las maletas; nos volvemos para Madrid” le dijo a su marido que, boquiabierto y petrificado desde el pasillo, sólo alcanzó a verla salir del apartamento mientras la puerta se cerraba tras de ella.
     Desde hacía algunos días que a Montse le había dado por comparar el cable del teléfono con el de un gotero de hospital, por lo que se había acostumbrado a no escatimar el tiempo de sus llamadas, dosificando así sus palabras para Luisa en un estudiado gota a gota. Pero, en cuanto pisó la calle, volvió a recuperar cada uno de los minutos que había dejado escapar durante aquella última y deliberadamente pausada conversación. Corrió, tropezando varias veces sobre el asfalto; derrapó al torcer en cada esquina; cruzó los semáforos en rojo; abordó a varios peatones para que le indicasen dónde encontrar la tienda que buscaba; y no paró ni un sólo segundo hasta que no estuvo de vuelta en el apartamento con aquello que había salido a buscar.
     Entre las vaharadas de una cebolla rehogándose y el claqueteo de un cuchillo troceando el cuerpo de los calamares en anillos, la vida continuó en Lisboa al mismo ritmo que la receta: “Miguel, no olvides los cepillos de dientes”...añadir un majado de ajo y un pellizco de cayena... “las esponjas, mejor ponlas dentro de una bolsa, que aún seguirán mojadas”...regar con un buen chorro de vino blanco y dejar que se evapore... “no guardes el peine hasta última hora, lo voy a necesitar”...agregar la tinta de los calamares, cubrir con agua y dejar cocer una hora a fuego medio... “gracias, Miguel, eres un sol”.
     Una hora de cocción después y cinco de carreteras más tarde, Miguel y Montse encontraban aparcamiento en la misma puerta de su amiga. Y, tras un último golpe de calor en el horno, aquel delicioso plato y su fuerte aroma a delicadeza comenzaron a humear en silencio empañando el cruce de miradas de las dos amigas.

     Montse me lo contó mucho después, un día, en el trabajo. Y así fue como empecé a pensar que yo jamás haría algo así; y a morirme de la pena y de la envidia por la gran historia de amistad, de amor y de despedida que aquella mujer había sido capaz de escribir tan sólo con la tinta de un calamar.


lunes, 11 de enero de 2016

CITA EN PLASENCIA

No debería contarle a nadie que aquel día me levanté a las seis de la mañana y me chupé 234 km con niebla; o que acabé molida por patear aquella preciosa ciudad a la que llevaba años queriendo ir o que allí sentí el pecado deslizarse por mi garganta bebiendo sus vinos y comiendo unas carnes que creía imposibles. Sí; ya sé que no debería contar todas esas cosas y después decir que lo único que se vino conmigo de aquel viaje fue la cosa más horrible del mundo. Pero así fue.



En ese momento me dió igual que Juana la Beltraneja y Alfonso V hubiesen atravesado aquella plaza cientos de veces o que fuese parada obligatoria en la ruta de la plata, para que los caballeros más nobles de España chocasen sus jarras de barro rebosantes de vino de pitarra tras cerrar un negocio redondo; incluso que las monjas del antiguo convento hubiesen vendido sus huevos y sus calabacines en el mismo metro cuadrado en que, ese sábado, mi amiga y yo sorbíamos aprisa el último trago de cerveza para llamar al camarero y pagarle. Sólo pensé en la chica que nos miraba nerviosa desde la sombra de los soportales de enfrente, con la que teníamos una cita, y que echó a andar hacia nosotras en cuanto me vio sacar el monedero.

      Cuando se nos acercó por primera vez, tomábamos una cerveza en aquella terraza, pero yo ya llevaba tiempo observándola. Ya ves, una plaza plateresca llena de gente guapa, con los edificios de las esquinas tornasolando del beige al rosa dependiendo por dónde los bañase el sol y con una cerveza artesana haciendo carambola entre mis manos y un plato de ensalada de perdiz con jamón de pato, y yo voy a fijarme en aquella muchacha desdentada, de pelo mugriento y piernas enclenques a la que ya ningún turista daba ni una sola moneda. Cuando llegó a nuestra mesa le di un muslito de perdiz con unos trozos de pan que devoró al instante; así que, de segundo, le preparé un estupendo bocadillito con el jamón de pato. Y después, cada una volvió a lo suyo, ella a mendigar sin sacar fruto y yo a no poder dejar de mirarla mientras observaba la forma en que su rostro, progresivamente, iba degradando hasta la desesperación, a medida que iba descubriendo que jamás conseguiría lo que necesitaba.

      Cuando reparó en mi curiosidad un tanto insana, sin duda, pero valiosa para ella (debió pensar que, a esas alturas, yo iba a ser la única persona en el mundo que estuviese interesada en su vida) se me acercó de nuevo y, con una sinceridad brutal, me dejó claro que sólo quería cincuenta céntimos para comprar la dosis que necesitaba y así poder calmar el mono que empezaba a atormentarla (qué vergüenza me dí, por pensar que venía a por un trozo de mi postre con que completar el delicioso menú que le había proporcionado a lo largo de la mañana). Rebusqué en mis bolsillos. La vergüenza volvió cuando tuve que decirle que sólo tenía billetes grandes; pero se me pasó enseguida, en el mismo momento en que ella me propuso una cita para después. Y así fue que me entró la prisa por acabar mi última cerveza para pagar al camarero y que me diese las vueltas; y que, unos segundos más tarde, en cuanto me vio sacar el monedero, la chica salía de entre las sombras de los soportales platerescos para acudir a nuestra cita. No hubo manera de que aceptase más de los cincuenta céntimos que necesitaba para seguir viviendo.

      Media hora después, volvíamos a verla; su rostro mucho más relajado. Mi amiga y yo nos habíamos cambiado a la terraza de al lado para tomar un café, en uno de esos absurdos trasiegos que a menudo, sin ton ni son, hacemos las personas. No sé si la muchacha nos reconoció cuando empezó a mendigar de nuevo entre las mesas, pero nos rodeó y pidió en todas menos en la nuestra. La vida no se detiene y había llegado el momento de recaudar para la dosis de la tarde; así que tal vez, sólo tal vez, nos estuviese reservando para el final, como quien guarda un as bajo la manga...por si las moscas.


lunes, 23 de noviembre de 2015


UNA PITONISA CON CORAZÓN DE CACHELO

      Rosalía, que es una chica muy especial, te hace sentir muy a gusto a su lado porque tiene un acento canario muy dulce y un corazón blanco y grande como una patata de invierno.

      A la casa de Rosalía, que a veces es sonámbula, para evitar accidentes estúpidos en medio del sueño, se sube bajando y se baja subiendo. Su dormitorio, el salón y la cocina quedan en el sótano, y en la planta alta, sin embargo, guarda todo aquello que nunca nadie guardaría: cosas pesadas como una moto, una bicicleta azul y un montón de cajas inmensas repletas de trastos.

      A mí me encanta el olor de su casa porque allí todo huele diferente; ni las rosas de sus jarrones tienen aroma de flores, ni el café que te prepara huele ni sabe a café. En la primera planta, que es donde a Rosalía le es más fácil hablar con los muertos, ha puesto una consulta y un pequeño baño en los que nunca huele a nada.

      Rosalía, que no es una pitonisa como las demás, no quiere engañar a nadie. Ya la madre de su abuela, su abuela y su madre también fueron especiales, y es por eso que ella tiene dudas sobre si sus dotes adivinatorias le fueron dadas por algún extraño gen esotérico o sólo por la sugestión de haber visto siempre a las mujeres de su vida, confundidas entre las lisonjas de sus misterios y las vaharadas de incienso que ambientaban toda la casa.

      No es fácil creer en ella, y ella lo sabe. Vive de una pequeña ayuda que el estado le da por estar más sola que la una y por no ver prácticamente nada, creo que con su ojo izquierdo; así que no cobra ni un sólo céntimo por sus consultas porque sabe vivir con poco y porque le tiene un pelín de miedo a equivocarse y que sus errores defrauden a alguien.

      Rosalía tuvo una pequeña crisis hace unos años, y durante un tiempo dejó de hablar con los muertos y de echar las cartas; decía que le ponía muy triste que las ánimas nunca tuviesen nada bueno que decir a sus familiares, los cuales, tras escuchar las penurias de sus difuntos, se iban marchitos por el mismo camino por el que minutos antes habían llegado ilusionados. La verdad, es que desde niña supo que si lo seguía, aquel iba a ser un camino mustio; y lo descubrió el mismo día en que su madre le contó que había enfermado, y un rato después, en uno de sus primeros coqueteos con la quiromancia, pudo ver cómo las líneas de la mano de la mujer comenzaban a difuminarse. Fue por aquella época que maduró de repente; quizá, tras comprobar que no había servido de nada ir corriendo a por su rotulador color carne para remarcar con él las líneas de la vida, que empezaban a borrarse, de la palma de la mano de su madre.


      Rosalía, hace unos meses que ha cerrado su consulta a cal y canto. Dice que no va a volver a abrirla jamás, que, total, desde que empezó la crisis ve totalmente negro el futuro de todo el mundo; además, ahora son los muertos los que se ponen tristes cuando ven llegar a sus familiares totalmente hundidos para que ella les invoque en su consulta. Y es que, tal vez, Rosalía tenga miedo a caer de nuevo en una de sus crisis, y que su corazón grande y blanco como una patata de invierno termine partido en cachelos y en el fondo de un gran perol, enriqueciendo y espesando a fuego lento, muy muy lento, algún extraño guiso de aflicción y melancolía.


martes, 22 de septiembre de 2015


LOS AIRES DIFÍCILES



     “Ocurrió un día de viento” me contó Bienvenida, la hermana de Pepi y de Mary, llevándose una mano a la boca para reprimir la risa; y mientras, con la otra se agarraba a la verja del cementerio y bajaba la voz para contarme la anécdota, porque, según dijo “el pueblo es tan pequeño, que aquí se escucha todo”.


     Bendito el día en que fui a aquel pequeño pueblo de la Alcarria, de tan sólo setenta habitantes. “El panadero viene los sábados, el de los congelados cada quince días, y el médico pasa consulta los martes” me dijo un viejo de unos cien años que llevaba esperando dos horas a la furgoneta que les acercaba el pan, para ser el primero en comprarlo. Por la tarde, le vi sentado a la puerta de una casa, y me dijo que estaba desgastando el madero en el que llevaba sentándose cada día casi desde que nació y que no pensaba morirse antes de que sus posaderas lo hubiesen pulido hasta hacerlo desaparecer.

     En ese pueblo se palpa el buen rollo. Al llegar a la plaza, un desconocido me oyó decir que no me quería ir sin ver el río, y se ofreció a guiarme. Impensable, que ésto mismo hubiese ocurrido en mi ciudad sin pedirme nada a cambio. Bueno, miento; me llevó por el camino más largo y que serpentea por el interior del pueblo, y a cambio creo que sacó que los otros sesenta y nueve vecinos le viesen paseando orgulloso con “la chica de fuera”.

     Pasé un bonito día comiendo paella en casa de Pepi. Daniel, su marido, tiene una cabra enana con la que juega y a la que saca a pasear cada día como si fuese un perro. Nadie les mira raro. En realidad, allí, lo raro sería que alguien les mirase raro. Hay un ambiente tranquilo en el que la gente vive y deja vivir; aunque en el baúl de sus recuerdos, como en todas partes, también duerma alguna historia oscura. Como aquella que me contó Bienvenida, después de ayudarme a recoger moras de un arbusto, sujetándose a la verja del cementerio mientras reprimía la risa y bajaba la voz “Hacía viento...mucho viento. Luis dejó dicho que no le enterrasen aquí, en el cementerio, porque estaba lleno de gente que hizo mucho mal después de la guerra. Bueno...y después de después de la guerra también. Luis dejó dicho que le incinerasen y tirasen sus cenizas muy cerca, en un prado; pero sobre todo, que lo hiciesen fuera del cementerio...” (y en este momento del relato fue cuando a Bienve le atacaba más la risa) “...y cuando estaban vertiendo las cenizas, un traicionero golpe de viento las hizo revolotear hasta dentro del camposanto” Después de un corto silencio, estallamos en risas, con los bigotes manchados del jugo de las moras que habíamos recogido y comido, y como niñas malas, nos sentimos un poco culpables porque, al fin y al cabo, nos estábamos riendo de un muerto condenado a vagar durante toda la eternidad entre las tumbas de sus enemigos.


     Aquel día, volví a casa cargada con la generosidad de aquellas gentes, o sea, con tres calabacines del tamaño de un zepelín, con tomates de un rojo tan oscuro que jamás había visto, con melocotones tan grandes que podrían haber atascado una presa y con el cariño de todas aquellas personas que apenas me conocían. Pero, sobre todo, con la lección aprendida de que en un ambiente sano, te puedes reír hasta de la muerte.

viernes, 11 de septiembre de 2015


SI PIDES UN DESEO...



     ¿Alguna vez habéis visto, aunque sólo sea de reojo, una estrella fugaz? Dicen que si pides un deseo a la vez que la descubres, se cumple.

     Ana y yo, una vez, de niñas, vimos una; pero, las prisas del momento, sumadas a nuestra inmadurez, nos hicieron desperdiciar nuestra gran oportunidad pidiendo una solemne tontería. “Que apruebe el examen de química” pedí mirando hacia el cielo, como si no hubiese habido mejores cosas que desear.

     ¿Sabéis para qué utilizo yo las estrellas? Ahora mismo os lo cuento.


     Asun, mi amiga, pasó por momentos muy, muy, pero que muy amargos. Sin siquiera darse cuenta, ella misma se fue aislando de todo; pero a mí, que era la más singular del grupo, una noche y sin venir a cuento, tuve tantas ganas de echarle un cable que no se me ocurrió otra cosa que decirle “sabes que no estás sola, ¿verdad? Haremos una cosa: todos los días, en cuanto anochezca, tú y yo, estemos donde estemos, buscamos en el cielo la primera estrella, y así, no nos sentiremos solas”. Me sentí un poco ridícula después de decírselo; pero, ahí me tenías, todos los días al atardecer, al raso, esperando a que apareciese venus, y aunque sabía que no era una estrella, yo me hacía la loca y me mentía a mi misma ya que tenía prisa por descubrir el primer brillo en el cielo porque Asun lo necesitaba. Las primeras noches, a la hora “H”, le daba un toque con el móvil y ella me respondía. Qué importante era para mí saber que ella no se sentía sola.

     Mucho tiempo más tarde, después de mucho sin vernos, un buen día, como en un duelo de vaqueros, nos enfrentamos en plena calle mayor; ella, en un extremo de la calle, bajo la sombra; yo, en el lado contrario, con el sol abrasador pegándome de lleno en los ojos; y las dos, cuando nos reconocimos, alzando la mirada al cielo al unísono y partiéndonos de la risa recordando los viejos tiempos de nuestra primera estrella; y después, corriendo a abrazarnos y a llorar.


     Desde entonces, las estrellas me gustan, porque en aquellos años horribles, pude descubrir lo bien que te puedes sentir si aprendes a mirarlas como es debido. Nunca he visto ninguna fugaz, la verdad; pero, por si acaso, estoy haciendo acopio de deseos... no sea que, el día menos pensado, cace a una de improviso y me pille sin desear algo importante de verdad.


viernes, 28 de agosto de 2015




BUENOS DÍAS, FANTASMAS



     Finjo que no me gusta que vengan, porque les tengo un poco de miedo; pero, en realidad, el día que no lo hacen, les echo en falta. Suelen aparecer a la vez que el olor de mis tostadas. Antes de que las primeras migas, crujientes y doradas, caigan al plato en triple salto mortal barridas por mi cuchillo pringado en mantequilla, ya están sentados a la mesa.
     Llegan solos, o a veces acompañados; y en ocasiones, para quedarse días enteros hasta que logran persuadirme. Pero luego, en cuanto consiguen lo que buscan, se esfuman para siempre.
     Juan y Luis fueron los últimos que se instalaron en mi cocina; con sus nombres vulgares, sus caras corrientes y sus pasados mediocres. El uno, con un traje de marca, y el otro, con la misma gabardina sobada de siempre, pero los dos pidiéndome lo mismo. Que recuperase el momento más brillante de sus pasados, eso querían. En un principio me negué, porque me parecía terrible tener que decirles que sus vidas habían sido tan anodinas que lo único que había merecido la pena en ellas, al menos para mí, había sucedido en un breve espacio de tiempo de apenas unos segundos. Pero, al final, tuve que acceder, porque en cuanto me puse a recordarlo ya no hubo manera de que ninguno de los dos quisiera moverse de mi cocina. Así que me puse a escribir.

     En aquellos tiempos en que yo era librera, jamás reparé en los ojos de Juan; eran como todo en él, grises e insípidos. Sólo me fijaba en sus trajes perfectos y en los relojes que asomaban bajo la manga de su chaqueta cada vez que éste, me pasaba por encima del mostrador los libros que regularmente venía a donar a mi establecimiento porque ya no cabían en las estanterías de su casa. Así que, a las pocas semanas de conocerle y de ir arrinconando sus libros inservibles por todas partes, ya sabía de él que tenía dos rolex casi idénticos y dos trajes azules, dos negros y uno color antracita; pero, absolutamente nada, de la inmensa pena que le daba desprenderse de aquellos viejos libros cada vez que los dejaba en mi tienda.
     Antes de continuar, debo aclarar que “en aquellos tiempos”, aunque yo lo creyese porque me dedicaba a vender libros, en realidad, aún no era librera. Fue algo después, a fuerza de admirar y de oler las tapas de los libros, de abanicar mi cara pasando una y otra vez sus hojas, y de acariciar miles de páginas hasta que el olfato de las yemas de mis dedos aprendieron a distinguir entre una buena cosecha de papel satinado y otra mala, cuando por fin, pude considerarme librera.
     Aún no lo era, de hecho, cuando Luis, también por aquellos tiempos, empezó a venir por mi librería. El hombre miraba, hojeaba y releía hasta no haber dejado una sola baldosa sin pisar, y luego, se acercaba a la pila de libros usados que me había donado Juan (a los que mi, aún ausente, alma de librera, no tardó en ponerles el precio simbólico de veinte céntimos la unidad por la prisa que me entró por quitar trastos de en medio) y se llevaba diez o doce; dejándome con la sensación, cuando se marchaba, de que su aspecto apagado y mate había atenuado ligeramente los colores de la sección infantil. Quizá por eso, porque aún no era una auténtica librera, a los pocos días de conocerle ya sabía de él que sólo tenía una gabardina, que jamás usaba reloj y que su famélico bolsillo apenas le permitía comprar libros; pero, no tenía ni idea de lo dichoso que le hacía poder llevarse, a cambio de unas pocas monedas, todas aquellas historias que ya habían sido leídas por otros.
     El caos de volúmenes viejos que empezaban a apilarse por los rincones, sólo duró unas semanas. Debo decir que aquel nuevo y extraño equilibrio me sorprendió; pero me encantaba aquel recién estrenado trasiego de libros que parecía sincronizado, y que sin ellos saberlo, empezaron a pasar de manos de uno, que los traía cada viernes a última hora, a las del otro, que se los llevaba cada lunes nada más abrir la tienda. Creo que fue por entonces, y a causa de aquel repetitivo trasvase de historias ya leídas y del contacto con el polvo de las esquinas medio deshechas de todas aquellas páginas, que mis manos empezaron a curtirse como las de una librera. Por eso, aquel miércoles de aquella única semana en que nuestra rutina de libros usados se vio trastocada, reparé por primera vez en los ojos de aquellos dos hombres.
     Vete tú a saber el por qué de que Juan faltase a su cita de todos los viernes para traerme sus libros y Luis a la de todos sus lunes para llevárselos; pero, el caso, es que al declinar la tarde del miércoles de aquella misma semana, la casualidad quiso que coincidiésemos los tres bajo el quicio de la estrecha puerta de mi librería, que yo, solícita, sujeté mientras Luis salía con su compra, y Juan entraba con su donación. Y entonces, fue cuando sentí que mi alma primitiva que siempre había amado las letras, irrumpía con toda su fuerza para empezar a formarme como la auténtica librera que siempre había querido ser, porque los diez segundos siguientes me parecieron fantásticos.
     Inevitablemente, aunque seguí sujetando la puerta, mi personaje se esfumó de la escena en cuanto se produjo el primer cruce de miradas entre los dos hombres. En su primera ojeada, cada uno examinó con curiosidad el paquete de libros que el otro llevaba entre las manos; pero después, ambos debieron de comprender lo que estaba ocurriendo; y un segundo más tarde, en cuanto sus ojos se reunieron, me hicieron comprender a mí lo equivocada que siempre había estado por haberlos creído vacíos y grises y no apasionados por la literatura, como los veía ahora. Los de Juan, brillantes y algo achinados por la sorpresa, y pareciéndome que decían a los de Luis: “ahora, puedo estar tranquilo, sabiendo que mis libros estarán en buenas manos”; y los de Luis, con las comisuras también sonrientes y un poco achinadas en agradecimiento, y haciéndome creer que estaban contestando a los de Juan: “no lo dudes, conmigo, estarán mejor que con nadie”. Se dieron las buenas tardes, y a partir de ese momento, cada uno seguimos por nuestro camino; uno donando historias, otro acogiéndolas, y yo, siguiendo con mi formación de apasionada por la vida y por las letras.

     Es curioso, pero acabo de poner el punto y final y de nuevo me encuentro sola, en mi cocina, a punto de guardar la tostadora en el armario y mi última historia recién escrita en mi carpeta de relatos.
































miércoles, 19 de agosto de 2015


     Para Mimi; porque llevo dos días sin saber de ella, y creo que se podría estar acercando demasiado a la tierra.

UNA ESTRELLA ERRANTE



     Anoche, en el bus, leí algo en una hoja de periódico que alguien había tirado bajo mi asiento. “La amenaza de la enana roja”, decía el título llamando mi atención con sus grandes letras mayúsculas y negras. En el trayecto hasta casa, tan sólo pude leer la parte en que explicaban que la enana roja, una estrella errante de nombre “Próxima Centauri”, se había aproximado tanto a nosotros (a sólo cuatro millones de años luz) que podía desestabilizar el equilibrio de nuestro sistema solar provocando una auténtica lluvia de cometas contra la tierra y poniéndonos en peligro. Pero, las puertas del bus se abrieron invitándome a bajar; con lo cual, aquella hoja de periódico volvió a quedarse tirada bajo mi asiento.
     Cuando llegué a casa, estaba tan cansada que me quedé dormida en el sofá. Y soñé. Soñé con el cielo, pero a mi manera; y no de la forma fría y aséptica como aquel par de astrónomos me lo habían pintado en aquella hoja de periódico arrugada.
     Soñé con ella. Y creo que lo hice porque sé que adora las estrellas, o porque las necesita, o simplemente porque los sueños son así; pero, el caso es que soñé que ella era la enana roja a quien todo el mundo temía (vaya paradoja, ella, que le tiene miedo a todo y a todos, que sólo quiere que sus problemas se esfumen para ser libre, que vendería su alma al diablo a cambio de vagar eternamente en el espacio infinito para dejar de tropezarse con su pasado y con su futuro).
     En fin; en mi sueño, aunque ella se sentía frágil, sabía que era poderosa, que nos tenía a todos en vilo, y que con un sólo movimiento erróneo en su ir y venir errático podría aproximarse a la tierra, tanto, tanto, que esa lluvia de cometas acabaría por fin consigo misma y con todo lo que le torturaba. De hecho, a la mitad de mi pesadilla, estuvo a punto de conseguirlo. Pero yo, que, aunque ella no se lo crea, estoy aprendiendo a quererla, tomé las riendas y cambié su rumbo consiguiendo que se alejase unos cuantos años luz de todo lo que le atormentaba; y lo hice porque, desde la lejanía, su perspectiva sería otra y conseguiría ser feliz. Al menos, en mis sueños ya empezaba a serlo.

     Lo más extraño de todo, es que esta mañana, al coger el bus, en el asiento de al lado había un periódico pulcramente doblado cuyos titulares decían: “Estrepitoso error de cálculo en el estudio de dos astrónomos noruegos. No son cuatro, sino cuatro mil, los años luz que nos separan de la amenazante enana roja, Próxima Centauri”.